Aquí tenéis el texto que vimos en clase. ¿Qué opinión os merece el carácter tan contradictorio de esta actividad humana?
TURISMO: ¿HÉROE O VILLANO?
En algunos ámbitos el turismo arrastra una mala reputación. Se le considera responsable de algunos de los desmanes urbanísticos que han asolado el litoral español, a la vez que se critica la actitud gregaria y consumista de esa “horda dorada” en la que se ha convertido el turismo de masas, que pervierte y banaliza la cultura y el paisaje de lugares antaño plenos de exotismo y autenticidad. Se critica y se ridiculiza la pretensión de convertir todos los destinos turísticos en una especie de parques temáticos que repiten hasta la extenuación los mismos recursos y actividades. Como quintaesencia de todos estos reparos, les recomiendo el libro que, con gran predicamento en medios intelectuales, publicara hace ya tres lustros el antropólogo francés Jean-Didier Urbain, titulado El idiota que viaja. Historias de turistas.
No está claro si estas críticas añoran el turismo anterior a las guerras mundiales, el de la “Belle Époque”, marcadamente elitista, cuando se contabilizaban no más de cinco millones de turistas internacionales en todo el planeta. Ahora mismo esta cifra supera ampliamente los 700 millones de personas, de los que más de las dos terceras partes son europeos. La Organización Mundial de Turismo prevé que para el 2020 ese número se duplicará, más allá de los 1.400 millones de visitantes, y que se habrán desarrollado importantes mercados emergentes (el chino, sobre todo) que harán peligrar la hegemonía europea.
El turismo es, pues, una de las caras más exitosas de la acelerada globalización mundial que se ha vivido durante la segunda mitad del siglo XX. Los factores que han actuado para este crecimiento tan descomunal son complejos y variados, pero ahora querría destacar tres. Primero, la relativa pacificación de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, lo que dotó al flujo turístico de unos de sus primordiales prerrequisitos: la estabilidad y la paz. En segundo lugar, la consolidación de las conquistas sociales del “Estado del bienestar”, con la extensión de las vacaciones pagadas dentro de la ola de prosperidad del los años 1950-1973, lo que permitió poner las bases de la industria turística en los países del sur de Europa y en especial en España. El tercer y último factor alude al incremento de la movilidad por la extensión y abaratamiento del transporte aéreo y el desarrollo fulgurante de la motorización privada del viaje por carretera.
La confluencia exitosa de esas condiciones tan favorables de demanda, con una oferta turística que pudo construirse sobre unos recursos naturales apenas explotados hasta los años 1960, está detrás del “boom” turístico español. Así, hoy el sector turístico se ha convertido en la principal industria del país, con una aportación al PIB que se estima en torno al 12 % y unas cifras de empleo que superan el millón y medio de personas.
El turismo incorpora además unas virtudes sociales que no debemos menospreciar: es expresión de un tipo de relaciones pacíficas entre los países y puede ser un poderoso instrumento para el conocimiento de pueblos y culturas diferentes, lo que facilita la imprescindible dosis de un saludable cosmopolitismo con el que cimentar la tolerancia y el respeto a los diferentes.
Además me parece excesivo responsabilizar a la actividad turística de la presión urbanística. La transformación del territorio tiene que ver más, en muchas ocasiones, con la burbuja inmobiliaria y con inversiones refugio, aparte del denominado (en una contradicción en sus términos) turismo residencial, que con el desarrollo de equipamientos turísticos con alojamientos regulados. Uno de los directivos de una de las principales asociaciones empresariales del sector, Exceltur, daba la voz de alarma hace unos días en la prensa nacional, denunciando el insostenible crecimiento de la superficie urbanizada en el litoral español y las consecuencias perniciosas que se derivarán para el futuro del turismo en nuestro país.
El respeto al patrimonio cultural (tangible e intangible) y al patrimonio natural, no es sólo una exigencia del desarrollo sostenible, de la solidaridad con las generaciones futuras, sino sobre todo, un requisito de calidad para que el sector turístico pueda competir en el futuro. El reto principal, en suma, para el turismo español y andaluz en los albores del siglo XXI.